viernes, 20 de marzo de 2015

CURSO DE INTRODUCCIÓN AL A MACROBIÓTICA ABRIL 2015


Dirigido a personas que quieren hacer cambios saludables en su alimentación, interesadas en programar menús veganos equilibrados o que desean enriquecer sus menús con ideas creativas para hacerlos divertidos y variados aplicando la tradición macrobiótica.

PROGRAMA:
Conocimientos teóricos:
El equilibrio de nutrientes en la dieta macrobiótica
    Alimentos de transición
    Cómo planificar equilibradamente nuestros menús
    Clasificación energética de los alimentos (yin/yang)
Prácticas de cocina:
Elaboración de un menú equilibrado con sopa, cereal integral, proteína vegetal, verduras, algas, condimentos macrobióticos, semillas y postre (varios platos de cada grupo).
    La creatividad en la cocina.
    Precio: 65 euros. Incluye apuntes y comida.
    615 99 25 04

viernes, 13 de marzo de 2015

PROTEINA ANIMAL Y ADICCIÓN


Tal como ocurriera con el cigarrillo o el alcohol (bien visto en sus inicios), lentamente comienza a entenderse el trasfondo adictivo que envuelve a la comida. Al comienzo se pensó (y se sigue pensando) en que las personas se aferraban a la comida por una cuestión psicológica (descarga o compensación emocional). Pero recién ahora comienza a “caer la ficha” sobre las verdaderas cuestiones físico químicas que forjan la relación enfermiza y adictiva con el alimento cotidiano.
También ahora comenzamos a entender porqué el ser humano incorporó a su cultura alimentos que en un momento le sirvieron para la supervivencia evolutiva. El trasfondo adictivo permite entender cómo inconscientemente se añadieron a nuestro acerbo alimentario elementos no fisiológicos como carnes, lácteos, trigo y azúcares.

A pesar que no aportan nutrientes esenciales que no podamos obtener mediante elementos fisiológicos (frutas, hortalizas, semillas), aquellos alimentos de subsistencia quedaron incorporados a los acerbos culturales. Y con ellos, sus consecuencias, siempre proporcionales a su incidencia dietaria. Justamente la proteína cárnica, cuyo consumo sigue creciendo en nuestro país, pese al incremento de precios, es la que más incide en nuestros problemas de salud y en nuestros hábitos irracionales de consumo.
Destaquemos que naturalmente la carne animal provoca efecto adictivo y daños neuropsíquicos. Como bien explica Desiré Merien “compuestos de la carne animal excitan terminales nerviosos (lengua y estómago), provocando euforia (a nivel cervical), estimulación (próxima a la embriaguez) y aceleración de la corriente sanguínea. Como toda estimulación excitante, consume mucha energía y va seguida por una fase depresiva (necesaria para la recuperación energética), operando como una droga disipadora de energía.
En este sentido vale aclarar algo poco conocido o valorado, que fundamenta lo antedicho. El ácido úrico, principal producto de desecho del metabolismo cárnico, es para nuestra fisiología corporal, molecularmente equivalente a la cafeína. Ambas sustancias pertenecen a la familia de las xantinas, cuyos efectos farmacológicos, semejantes en distintos sistemas orgánicos, son: acción estimulante del sistema nervioso central, acción relajante de la musculatura lisa, producen vasoconstricción de la circulación cerebral, estimulan la contractibilidad cardiaca, acción diurética, estimulación de la respuesta contráctil del músculo esquelético y síndrome de abstinencia.
En la tabla adjunta se hace evidente el efecto adictivo y estimulante de la proteína cárnica, teniendo en cuenta que estamos hablando de mg de ácido úrico (xantina) en una porción de 100 gramos, fácil de superar en una comida. En relación, una taza de café expreso de bar, cuyo efecto estimulante es bien conocido, contiene apenas 40mg de cafeína.
Otros investigadores comprobaron que la ingesta regular de carne animal genera la presencia de compuestos en el cerebro (putrescina) que actúan como inhibidores de enzimas (glutamato decarboxilasa), lo cual influye sobre el comportamiento y explica conductas neuróticas, agresivas y hasta manifestaciones epilépticas.
Por si no fuese suficiente, a todo ello se suman las nefastas reacciones que se generan durante la cocción de la proteína, dando lugar a moléculas complejas y artificiales (las ya vistas beta carbolinas, productos finales de glicación avanzada, moléculas de Maillard…) que nuestras enzimas no pueden degradar. Estos compuestos generan efectos ensuciantes, mutagénicos, neurotóxicos, cancerígenos y… adictivos; lo cual explica el elevado consumo y su regular demanda.


ALIMENTOS ALTOS EN ACIDO URICO
(mg por cada 100g de alimento)
Extracto de carne3500
Caldo de carne1200
Molleja de ternera1032
Sardinas en aceite560
Queso de soja (tofu)450
Poroto de soja380
Hígado de ternera336
Jamón crudo300
Atún en aceite290
Hígado de pollo243
Riñón de ternera240
Carne de ternera195
Carne de cordero195
Lenteja185
Carne de pollo175
Trucha170
Carne de pavo170
Carne de cerdo154
Carne de pato153
Salmón150
Carne de conejo145
Fuente: Universidad Liebig, de Giessen (Alemania), 1991

Extraído del libro "Nutrición Vitalizante"

martes, 10 de marzo de 2015

¿ES NECESARIA LA SUPLEMENTACIÓN NUTRICIONAL CON CALCIO, HIERRO, B12, ÁCIDO FÓLICO?.




Desde la visión fisiológica, resulta obvio que la estructura orgánica necesita más orden que suplementos. Y menos aún cuando provienen de fuentes sintéticas o artificiales. Muchos se atiborran con cotidianas dosis de compuestos inorgánicos, sin imaginar que ello incrementa el desorden, al ser percibidas por el organismo como sustancias tóxicas que deben ser neutralizadas y eliminadas. Salvando las distancias, es como si pretendiésemos combatir un estado anémico ingiriendo limaduras de hierro, o la osteoporosis consumiendo polvo de tiza. Pero, lamentablemente, es lo que hacemos, pensando que cuidamos nuestra salud.

El miedo por el calcio y el hierro
¿Quién no ha sentido que debemos consumir mucho calcio para asegurar huesos fuertes y mucho hierro para evitar la carencia de glóbulos rojos? A modo de latiguillo, lácteos y cárnicos se han convertido en la armada terapéutica que evita osteoporosis y anemia. Pese a las ingestas récord de estos alimentos, los problemas, lejos de disminuir aumentan.
Es más, a mayores ingestas, mayores problemas. Las alarmantes cifras europeas sobre osteoporosis y fracturas, evidencian el absurdo en un continente líder en el consumo lácteo. En nuestras latitudes, la comparación con los hermanos chilenos también desnuda la incoherencia entre consumo cárnico y anemia. Mientras nosotros consumimos promedio 74kg de carne vacuna (persona/año) y ellos apenas 22kg, tenemos 33% de los niños menores de 2 años con anemia y ellos apenas 5% en tal condición.
Respecto al calcio, veremos luego que la reserva ósea es un recurso, extremo pero habitual hoy día, al cual debe recurrir la homeostasis orgánica para preservar el equilibrio del pH sanguíneo en su fisiológica alcalinidad. Frente a una dieta predominantemente ácida, disolver huesos para evitar la acidificación, es el “mal menor”. Además, el “atiborramiento” cálcico por medio de alimentos acidificantes (lácteos y derivados) agrava el problema y hace que el calcio, en exceso y desbalanceado en sus sinérgicos metabólicos (23 nutrientes necesarios), se convierta en un problema tóxico para la estructura corporal.

El metabolismo del calcio es buena muestra de la necesidad de orden interno, ya que requiere 23 nutrientes sinérgicos en equilibrio para su correcto arribo a la estructura ósea: minerales (fósforo, magnesio, manganeso, cinc, cobre, boro, silicio, flúor), vitaminas (C, D, B6, B12, K), folatos, ácidos grasos esenciales y proteínas. Excesos y defectos tan habituales en la alimentación refinada, generan incorrecta calcificación… y no justamente por falta de calcio.

Algo similar ocurre con el hierro. Por un lado el organismo merma su disponibilidad sanguínea (hemoglobina) frente a la presencia de virus y parásitos que se nutren de él. A la espera que los “huéspedes” sufran inanición, el cuerpo lo encubre en formas no asimilables (ferritina) en el bazo. Por otra parte, la asimilación del hierro depende del orden en la flora bacteriana, la adecuada disponibilidad nutricional (vitaminas, enzimas, minerales, ácidos grasos) y es inhibida por los excesos (calcio, fósforo, mercurio) y la putrefacción intestinal.

Con puntos y evidencias en común, es poco serio seguir pensando en términos de “calcio para la osteoporosis” e “hierro para la anemia”. Nunca el problema es la carencia nutricional, sino más bien su exceso, la calidad de los alimentos aportantes, el orden de la química corporal y la falencia depurativa. Además de invitar a trabajar sobre las causas y no sobre las consecuencias, esto nos debe servir para combatir la letanía sobre el “imprescindible” consumo de suplementos de todo tipo.

Calcio y acidez: compensar o morir
Cuando se incrementa el nivel de acidez sanguínea, varios mecanismos (tampones) buscan restablecer este vital equilibrio. En todos los casos se requiere la suficiente presencia de bases (álcalis) que neutralicen los ácidos. O sea que un eficiente metabolismo celular exige un constante flujo de sustancias alcalinas, con el fin de poder neutralizar los ácidos provenientes del alimento y del metabolismo celular.
En primera instancia, y como mecanismo más simple, la sangre debe obtener suficientes bases de los alimentos. En caso de carencia (tanto por exceso de ácidos circulantes como por deficiencia nutricional de bases), la sangre echa mano a dos mecanismos de emergencia para preservar su equilibrio. Uno consiste en derivar ácidos, depositándolos en los tejidos a la espera de un mayor aporte alcalino. Esto genera (reuma, problemas circulatorios, afecciones de piel, etc).
El otro mecanismo es recurrir a su reserva alcalina: las bases minerales (calcio, magnesio, potasio) depositadas en huesos, dientes, articulaciones, uñas y cabellos. De este modo, la sangre se convierte en un "saqueador" de la estructura orgánica, con el único objetivo de restablecer el vital equilibrio ácido-básico que permite sostener el correcto funcionamiento orgánico.
Esta lógica funcional es la homeostasis orgánica, que significa “mantener la vida generando el menor daño posible”. Para el organismo, una menor densidad ósea no significa peligro para la vida, pero sí un pH ácido en la sangre. Así funciona el mecanismo de la descalcificación y la desmineralización.
Los huesos ceden calcio en forma de sales alcalinas, se hacen frágiles y hay osteoporosis; las piezas dentales se fisuran con facilidad y surgen caries; las uñas muestran manchas blancas y se tornan quebradizas; las articulaciones degeneran y hay artrosis; el cabello se debilita y se cae; se advierten lesiones en las mucosas, piel seca, anemia, debilidad, problemas digestivos, afecciones de vías respiratorias, infecciones, sensación de frío, etc.
Normalmente no se asocian estos síntomas con la acidez. Un ejemplo es la osteoporosis, clásica enfermedad de acidificación. Sin embargo se la combate inadecuadamente con alimentos (lácteos) que, por su aporte ácido, agravan el problema. El sentido común nos indica que frente a osteoporosis y anemia, lo correcto es atacar la causa profunda del problema: alcalinizar el organismo para neutralizar su acidez.

De lo visto, podemos concluir que para permitir el normal trabajo de la sangre y las células, debemos ser cuidadosos en el aporte que realizamos a nuestro cuerpo a través de los alimentos que ingerimos. Por un lado tratando de evitar alimentos (y situaciones) acidificantes, y por otro incrementando la provisión de bases a través de una mayor ingesta de alimentos alcalinizantes. Todo esto complementado por un buen aporte de oxígeno, a través del necesario movimiento, y un correcto funcionamiento de los órganos depurativos encargados de eliminar los ácidos.

El mito de la B12
Cada vez que se habla de eliminar el consumo de proteína animal, se agita el miedo por la falta de vitamina B12, siendo conocido el hecho que la carencia de cianocobalamina (su nombre técnico) puede causar anemia perniciosa, degeneraciones nerviosas e incluso la muerte.
Pocos cuestionan si la carencia de B12 es nutricional o bien responde a una dificultad asimilativa ¿Acaso esos síntomas no los acusan también empedernidos carnívoros? ¿Cómo? ¿No es que la carne se hace imprescindible para garantizar su adecuado nivel corporal? Tampoco se repara en que las poblaciones vegetarianas del planeta, que siempre hubo (los humanos evolucionamos durante tres millones de años con dieta vegetal), hay y habrá, son las más longevas y saludables.
Es bueno aclarar que la vitamina B12 se sintetiza únicamente a nivel bacteriano. La B12 que hallamos en plantas y animales proviene principalmente de las bacterias que crecen en ellos. Los animales son buena fuente de esta vitamina, simplemente porque en ellos se desarrollan más bacterias. Pero esto creó el mito: al no comer carne y leche, habrá carencia de B12.
Sin embargo, también los vegetales aportan B12. Las algas marinas (vegetales del mar, como las kelp, wakame y nori) son las mejor dotadas; también la levadura de cerveza y las microalgas espirulina (es el alimento no animal con mayor concentración de B12). Y no olvidemos que la clorofila es la fuente más fisiológica y abundante de la molécula precursora de la B12: la porfirina.

Ahora bien, ¿cómo se logra que toda la B12 ingerida sea aprovechada por el organismo? En el ciclo metabólico de esta vitamina entran en juego la flora intestinal, el adecuado fluido biliar y la riqueza enzimática. Merced a un armónico sinergismo, el proceso asimilativo adquiere su máxima eficiencia.
En contrapartida, la demanda de B12 se ve incrementada por el exceso de proteínas en la dieta; al consumir menos proteínas, menor necesidad de B12. Todo esto indica que incluso un carnívoro, a pesar del consumo de carne y lácteos, puede tener deficiencia de B12, a causa del exceso proteico (mayor demanda orgánica), el desorden de la flora intestinal (menor absorción), la abundancia de cocción (destrucción de la B12 y de las enzimas necesarias para su metabolización) y la malfunción hepática (reducido flujo biliar y consiguiente disminución del aporte orgánico).

El Dr. Víctor Herbert, gran investigador de esta vitamina, estima que diariamente la bilis secreta en nuestros intestinos entre 1 y 10mcg de B12, siendo nuestra necesidad de apenas 0,5mcg. Recordemos que un hígado saludable debe producir diariamente alrededor de un litro de fluido biliar, mientras que un hígado colapsado y lleno de cálculos intra-hepáticos puede llegar a secretar apenas 200cc en una jornada.
Por más carne y suplemento de B12 que uno ingiera, si la bilis es escasa (presencia de “piedras” que bloquean el flujo biliar), la flora está desequilibrada (habitualmente en lugar de flora hay “fauna”) y el cuerpo sufre una crónica carencia enzimática (la “bancarrota” que vimos en el capítulo anterior), es obvio que la cuestión no tendrá final feliz. Y es que lo “normal” hoy día, son personas que conviven con todos estos factores negativos.

La amenaza del ácido fólico
En un intento por “emparchar” la pauperización nutricional generada por los procesos de refinación e industrialización, últimamente se ha legislado para obligar a “fortificar” las harinas con adición de minerales y vitaminas. Obviamente la industria utiliza elementos de síntesis química (el caso del ácido fólico, tan recomendado para embarazadas), cuestionados por un reciente estudio británico. Mientras los folatos naturales se metabolizan sin problemas en el intestino, el ácido fólico sintético se metaboliza en el hígado, órgano que posee una capacidad limitada de asimilación. Estos excedentes no procesados pueden dar lugar a problemas cognitivos, tumores intestinales, desórdenes nerviosos y mala absorción de cinc.
En el caso de embarazadas, se ha fijado un límite máximo de 0,4 mg diarios, mientras que todas las harinas se suplementan con 2,2 mg por kg. O sea que con 180 g de harina común se estaría en el límite de consumo diario aconsejado, sin tomar en cuenta los suplementos farmacológicos. Tampoco se toma en cuenta que esas cantidades llegan a niños, ancianos y otros grupos de riesgo… Lo cual explica el porqué del término “emparchar” usado al inicio.


Fuente: “Nutrición Vitalizante” de Néstor Palmetti

viernes, 6 de marzo de 2015

Edulcorantes químicos: Engañando al cuerpo


stevia



Así como se busca “emparchar” las carencias que genera la refinación con agregados, con los edulcorantes no calóricos se busca “remendar” el desorden generado por la avalancha de azúcar en sangre. El mensaje suena atractivo: reemplace azúcar por edulcorante y problema resuelto. Fácil para el consumidor y lucrativo para la industria del “diet”. Pero la realidad no es tan simple.
En primer lugar, se generaron endulzantes de síntesis química, de probado efecto tóxico. Nuestro Código Alimentario autoriza el uso de sacarinaciclamato y aspartame. Sobre este último existen infinidad de estudios que demuestran su toxicidad [1]. Sobre el ciclamato, sus probados efectos cancerígenos han generado su prohibición en países del primer mundo, como Estados Unidos. También la sacarina ha sido prohibida en países como Francia y Canadá.

Más allá de los efectos cancerígenos y neurológicos, otro “problema” de los edulcorantes sintéticos es que son más baratos que el azúcar y por tanto se utilizan a destajo por una cuestión de menor costo final. Esto expone a grandes grupos de consumidores (cuidadosos de su salud o incautos) a la ingesta de altas cantidades (“total es light”) de innecesarias sustancias ensuciantes. Este riesgo se magnifica en los niños, quienes por su menor masa corporal, arriban con mayor rapidez a los umbrales de toxicidad.

Aparentemente todo estaba resuelto con la “aparición” de un edulcorante vegetal: la hierba dulce (stevia rebaudiana) que los indígenas guaraníes recolectaban en el monte. En este caso, si bien surgieron las clásicas refinaciones para disponer solamente del principio endulzante puro (esteviósido), es posible acceder a sus formas más naturales (hierba, extractos integrales).
Sin embargo, sintéticos, refinados o naturales, los edulcorantes no calóricos, como los define la ley, comparten una característica: “engañan” al cuerpo. Al aparecer el sabor dulce, el organismo pone en marcha una serie de mecanismos [2] de preparación para metabolizar los azúcares que se avecinan (secreción de mensajeros y hormonas, como la insulina).
Pero luego del sabor dulce, los carbohidratos no llegan y el circuito queda trabajando en vacío, con el consiguiente daño para el cuerpo. La insulina circulante en sangre actúa sobre el habitual azúcar de reserva, generando hipoglucemia y el consecuente “apetito”. O sea que lejos de resolver el problema, los edulcorantes aumentan la toxemia, la ansiedad… y la obesidad!!!
No por caso los pragmáticos criadores alemanes de cerdos usan la sacarina como agente de engorde, por su efecto obesogénico. Un reciente estudio estadounidense [3] demostró que la ingesta cotidiana de gaseosas “diet” incrementan un 67% el riesgo de desarrollar diabetes tipo II (de adulto) y generan otras alteraciones metabólicas.
Y no olvidemos la masiva exposición a estos compuestos. Recientemente una investigación de la Charité Universitätsmedizin de Berlín, alertó sobre los problemas del edulcorante sorbitol (E420), muy usado en golosinas y alimentos dietéticos [4]. El sorbitol se absorbe muy mal en el intestino. Cantidades relativamente pequeñas (4 chicles lights) causan síntomas gastrointestinales como gases,hinchazón y calambres intestinales, en función de la cantidad ingerida. Dosis más altas pueden causar diarrea osmótica… casi nada, comparado con los efectos del ciclamato o el aspartame…

“Me cuido, tomo edulcorantes”

Hemos visto lo que significan los edulcorantes, tanto a nivel de “engaño” al cuerpo, como de daño generado por los productos de síntesis química, de probada toxicidad. Al consumir alimentos edulcorados artificialmente, estamos movilizando mecanismos, como la hipoglucemia, que derivan en ansiedad y mayor consumo de alimentos, tal como vimos en el capítulo anterior.
¿Por qué nos apetecen los dulces? Básicamente porque el azúcar levanta rápidamente el ánimo, a través del incremento de serotonina en el cerebro. Y para activar este circuito de mensajeros hormonales (del cual es parte la insulina) hace falta azúcar. Como los edulcorantes no la proveen, el cuerpo la pide a través de harinas y féculas, en definitiva, distintas formas de azúcar. El reclamo por este tipo de alimentos se hace ostensible, al igual que sus efectos obesogénicos. Pero claro, la gente dice “yo me cuido y uso edulcorantes”.
Un dato que sirve para demostrar que todo esto no es ignorado por la comunidad científica e industrial: En Alemania la sacarina figura en la reglamentación de alimentos autorizados para cría animal como “sustancia estimulante del apetito”, ya que es utilizada como eficaz agente de engorde en la cría de cerdos. Vimos también cómo demostraron en EEUU que la ingesta regular de gaseosas dietéticas incrementa un 67% el riesgo de desarrollar diabetes tipo II y desordenes metabólicos. ¿Piensa seguir con los “saludables” edulcorantes?

[1] Ver http://www.theecologist.net/files/articulos/29_art1.asp
[2] Respuesta de fase cefálica, del libro “Buen Provecho” de Udo Pollmer
[3] Universidad de Ciencias de la Salud de Texas (EEUU), realizado entre 2000 y 2007, y difundido en Diabetes Care el 16.1.09.
[4] Ver 
www.elmundo.es/elmundosalud/2008/01/10/medicina/

Del libro: “Nutrición Depurativa”
Autor: Néstor Palmetti

Extraído de:
Espacio Depurativo