lunes, 21 de febrero de 2011

EL MITO DEL DESARROLLO SOSTENIBLE


Este ensayo utiliza conceptos y argumentos desarrollados en análisis previos (Rull, 2009, 2010a, b, c) para defender que el llamado desarrollo sostenible no sólo no es la mejor opción para la conservación de la Naturaleza, sino que es inviable, en términos ecológicos, económicos e incluso físicos. En pocas palabras: Es un mito. En realidad, se trata de un llamamiento a la reflexión, antes de adoptar ciertas posturas personales y/o profesionales, consideradas implícitamente como “políticamente correctas” (o de moda, que viene a ser lo mismo), frente al problema del progreso humano y la conservación de la Naturaleza. Este escrito debe considerarse como una opinión personal, cuyo objetivo es promover la discusión.

El desarrollo insostenible


Desde un punto de vista ecológico global, la idea del desarrollo sostenible es totalmente insostenible. El modelo capitalista de desarrollo más extremo no tiene en cuenta el llamado capital natural y se considera la Naturaleza como algo inagotable que se puede explotar sin límite. Es lo que se llama “sostenibilidad débil” (weak sustainability).
Por el contrario, la “sostenibilidad fuerte” (strong sustainability) sí que considera los recursos naturales como algo que hay que cuidar para que no se agoten o deterioren (Neumayer, 2003). Los partidarios de la primera opción, la que actualmente domina en nuestro mundo, miden el desarrollo por indicadores tan burdos como la acumulación de capital total o Producto Interno Bruto (PIB), que es el indicador que se utiliza para ordenar jerárquicamente los países por su grado de desarrollo y hacer la lista de los países que deciden la política económica internacional o “desarrollados” (G8 y similares), en contraposición a los que están “en desarrollo”, entre otros eufemismos. Los partidarios de la sostenibilidad fuerte, en cambio, definen el desarrollo sostenible como aquél que garantiza que cada generación deja a la siguiente una base productiva –que incluye tanto el capital reproducible (infraestructuras, maquinaria, comunicaciones, etc.) como el natural– por lo menos tan grande como la que ella misma ha heredado (Dasgupta, 2010). Sin embargo, la imposibilidad de crecimiento ilimitado en un sistema con recursos limitados hace que ambas ideas de sostenibilidad sean utópicas.

En efecto, el capital reproducible y el natural son directamente interdependientes, de forma que cualquier incremento en el primero termina, a la corta o a la larga, por diezmar el segundo, bien sea en forma de reducción, de contaminación o de acumulación de deshechos (Rull, 2010b). Una vez alcanzada la capacidad de carga de la Tierra, la insistencia en un modelo de crecimiento de este tipo puede terminar en un colapso. La pregunta es cuán cerca o lejos estamos de esa capacidad de carga. Según Rockström et al. (2009), la Humanidad ya transgredido tres de los nueve límites que se consideran críticos, como son las tasas de cambio climático y de pérdida de biodiversidad, y la interferencia con el ciclo del Nitrógeno, que determina su progresiva acumulación en la biosfera. Las últimas estimaciones indican que, para seguir creciendo al ritmo actual ya necesitaríamos 1,2 planetas como el nuestro (WWF, 2008) y esto se agravará en las próximas décadas.

¿Una nueva revolución verde?

Se calcula que para 2050 la población humana de la Tierra será de aproximadamente 9 mil millones de habitantes, de forma que alimentarlos a todos adecuadamente se plantea como uno de los problemas más importantes de la actualidad (Ash et al, 2010; Butler, 2010). Para ello, se propone una nueva “revolución verde”, esta vez a nivel global, en la que la ciencia y la tecnología jueguen un papel fundamental, a través de mejoras en los cultivos por modificaciones reproductivas y genéticas que incrementen la eficiencia fotosintética y reduzcan la necesidad de fertilizantes; desarrollo de nuevos métodos de control de plagas, enfermedades y control de malezas; mejores prácticas ganaderas que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero (principalmente metano); innovaciones para la mejora de las técnicas de pesca y acuicultura; nuevos desarrollos en nanotecnología, genómica y electrónica dirigidas a optimizar el uso de los recursos agrícolas; cambios en la dieta y reducción del consumo de carne y productos lácticos, así como desarrollo de fuentes alternativas de proteínas, etc. (The Royal Society, 2009; Beddington, 2010; Godfray et al, 2010).


A primera vista, esta opción parece muy loable, por su elevada carga filantrópica, pero un análisis más profundo revela que no necesariamente es a así, ni siquiera para la Humanidad. En primer lugar, es bien sabido que el hambre en el mundo, por lo menos en la actualidad, no es un problema de falta de recursos del planeta sino del desequilibrio socioeconómico creado por el modelo supercapitalista que, después del reciente fiasco socialista, se ha reforzado como modelo de desarrollo global por excelencia. Por ejemplo, antes de 2005, se calcula que existían 850 millones de personas desnutridas en el mundo, cifra que se incrementó en 75 millones en sólo dos años debido al aumento de los precios del trigo y el maíz, únicamente por razones de mercado (Beddington, 2010). Es decir, que el hambre no es tanto un problema de superpoblación como de injusticia intra-generacional. Organismos como la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial son los encargados de mantener esta situación de desigualdad y dominación de las economías ricas, sin que la Organización de las Naciones Unidas, creada precisamente para garantizar, entre otras cosas, la seguridad internacional y los derechos humanos, pueda hacer nada por estar también subordinada a los designios del capital y el mercado (Pelletier, 2010).

Por otra parte, si nos dejamos arrastrar por la propuesta de la nueva revolución verde para solucionar el problema de los próximos 40 años, corremos el peligro de acelerar la degradación del planeta y, lo que seguramente es peor, crear el precedente de que siempre queda algo que exprimir, además de dar lugar a la falsa ilusión de que el crecimiento siempre es posible, y que basta con una nueva revolución verde para manejar un nuevo aumento de población (Rull, 2010b). Al final, lo que lograríamos sería un planeta convertido en una gran granja construida exclusivamente para el desarrollo humano, sin apenas vestigios de lo que una vez llamábamos Naturaleza. A partir de ese punto, cualquier pensamiento de ulterior desarrollo sería poco menos que imposible. Este punto no está tan lejos como creemos. Un estudio reciente muestra que entre 1700 y 2000 la biosfera terrestre hizo una transición decisiva de un estado mayoritariamente natural a otro principalmente antropogénico, alcanzándose el punto crítico del 50% en el siglo XX. Desde entonces, la mayoría de biomas son predominantemente antropogénicos, tendencia que seguirá aumentando en el futuro (Ellis et al., 2010).
Las únicas áreas que todavía se mantienen en un estado más o menos natural son los desiertos y los polos, por razones obvias, pero bastaría que se encontrara algo que sacar de provecho (económico, por supuesto) para revertir la situación.


Algunas alternativas emergentes:

En la Tierra, el crecimiento ilimitado de la población y del PIB es algo utópico y en algún momento habrá que parar. El límite lo define el capital natural, que en definitiva es el origen de cualquier sistema de producción (no hay nada que no saquemos de la Naturaleza), no importa cual sea el paradigma económico en boga. Ya existen algunas propuestas alternativas como el llamado “crecimiento cero” (steady state economy) o el “decrecimiento” (degrowth) (Lawn, 2010; Schneider et al., 2010). Ambos se basan en los principios de la llamada “economía ecológica” (ecological economics), que destaca la importancia de las interacciones entre economía y ambiente, así como de las leyes biofísicas que restringen el desarrollo humano. El principio básico es termodinámico: La cantidad de energía de un sistema cerrado es constante y cualquier transformación degrada energía útil convirtiéndola en entropía.
Todas las actividades económicas producen este tipo de degradación energética que termina en desechos y contaminación, por lo que la capacidad de la Tierra para proporcionar materiales y energía para el desarrollo humano es limitada (Pelletier, 2010). Los defensores del decrecimiento creen que el progreso humano sin crecimiento económico es posible y proponen un descenso equitativo de la producción y el consumo capaz de promover el bienestar humano y mejorar las condiciones ecológicas a nivel local y global, a corto y largo plazo (Schneider et al., 2010). Según ellos, no se trata de una recesión o depresión económica, ni de un retorno a las sociedades pastorales. En la actualidad, este movimiento se está estructurando desde un punto de vista teórico y también con propuestas prácticas concretas (Martínez-Alier et al., 2010), y habrá que seguir su evolución en el futuro próximo.

A modo de conclusión




En síntesis, el desarrollo sostenible es una falacia. Ni garantiza la conservación de la Naturaleza ni es una posibilidad real para el progreso de la Humanidad a mediano y largo plazo. En realidad, lo único que pretende sostener el desarrollo sostenible es el desarrollo en sí, bajo los principios supercapitalistas de la economía de mercado y el consumismo (Rull, 2010c). Aunque sea duro de aceptar, cualquier actividad de conservación de la biodiversidad, de ahorro de energía, de gestión de contaminación o desechos, de reciclaje, de remediación, etc. llevada a cabo bajo este modelo utópico de crecimiento, está dirigida a mantenerlo y así es como está programado. Todas son actividades paliativas para maquillar el daño visible y para que el desarrollo así entendido no se vea como algo tan contraproducente; o sea, de lo que se trata es de “cambiar todo para que nada cambie”. Lamentablemente, muchas buenas voluntades quedan atrapadas en esta trampa. Los científicos y tecnólogos han sido llamados a actuar como líderes en este empeño, utilizando su profesión y su creatividad para encontrar las soluciones apropiadas (Beddington, 2010). Sin embargo, una de las características que debería distinguir la ciencia de otras actividades es la independencia de cualquier sistema social, económico, político, ideológico o religioso (Rull, 2010a), por lo que deberíamos reflexionar muy bien sobre la actitud que tomamos, no sólo por las implicaciones ideológicas subyacentes, sino también por las posibles consecuencias futuras. No se trata de paliar las consecuencias más evidentes de un modelo de desarrollo inviable, ahora disfrazado con el calificativo mágico de “sostenible”, que transforma cualquier propuesta en algo políticamente correcto, sino de reemplazarlo. Es tiempo para la creatividad económica, pero no sólo para un cambio de vida hacia costumbres más “ecológicas” o “verdes”, tal como está de moda decirlo, sino hacia un cambio profundo en el orden político y económico global.
El modelo de desarrollo capitalista está agotado y agotará el planeta si lo seguimos manteniendo (Speth, 2009), directa o indirectamente, en aras del mito de la sostenibilidad.


 
El mito del desarrollo sostenible - V. RULL
Institut Botànic de Barcelona (CSIC-ICUB), Psg. del Migdia s/n., 08038 Barcelona
Collectanea Botanica (Barcelona), vol. 29 (2010): 103-109

domingo, 20 de febrero de 2011

CONSUME MENOS PARA SER MÁS FELIZ

Afirma un dicho judío que nuestra mejor virtud constituye también nuestro peor pecado. Una de las grandes virtudes de los humanos, especialmente en nuestra sociedad occidental, es el afán por investigar, domeñar y mejorar la Naturaleza para que se adapte a nuestras necesidades: creamos hospitales para luchar contra la enfermedad, coches para acortar distancias, calefacción central para no sufrir las inclemencias del invierno… Todo ello nos permite vivir con comodidad y bienestar.
Este talento humano nos facilita el gozar de una cierta protección y control que nos lleva a ser más confiados; nos deja tiempo libre y desarrolla nuestras vidas más allá de la mera supervivencia física. Sin embargo, el loable esfuerzo por mejorar la calidad de vida y gozar de bienestar a veces se convierte en una suerte de obsesión por evitar el sufrimiento a toda costa. Como niños malcriados nos negamos a aceptar el dolor inevitable de perder a un ser querido, el dolor del desamor, el sufrimiento causado por una enfermedad… Los media y la publicidad proporcionan solo placer.
Por otra parte, las noticias y las películas se encargan de recordarnos que el sufrimiento y el dolor están ahí, a la vuelta de la esquina. El consumo permite escapar al miedo. El mensaje ambivalente se traduce en: “Tened miedo, vuestra ansiedad es real”. El consumo desmesurado, ya sea de ropa, comida, alcohol, marihuana, música o emociones, es el becerro de oro de esta sociedad: consumid, malditos. Supone un mecanismo ideal para mantenernos callados, atemorizados, indefensos y, por tanto, hacernos inofensivos e inocuos. El intento de protegerse y gozar de bienestar se convierte sin darnos cuenta en una obsesión por acaparar. La reacción instintiva al probar algo que nos hace sentir bien es repetir el estímulo una y otra vez, pero el hábito mata el encanto. Es la adicción al placer, que, como toda adicción, necesita subir la cuota de “consumo” continuamente.

Tal vez, la novedad y la moderación resulten ingredientes esenciales para que ciertas actividades y objetos nos reporten placer y felicidad, pues, al volverse habituales y cotidianos, la magia se esfuma. Entre los productos que más consumimos, las emociones ocupan un lugar destacado: cada vez necesitamos emociones más fuertes para sentir algo, porque nuestra alma está adormecida por la saturación. En los países ricos, hay más personas con desórdenes psicológicos: bulimia, anorexia, depresión, ansiedad… y van a más. Estamos matando el alma, y ésta se resiente y protesta.
Hacer renuncias “conscientes”, como usar menos el coche, tener menos ropa, no ir tanto de vacaciones y trabajar menos… podrían ser el mejor regalo que nos hiciéramos a nosotros mismos. Si conscientemente comiésemos menos y mejor, nuestros achaques y las visitas al médico se harían más esporádicas; si no cogiésemos el coche todos los fines de semana, ¿os imagináis cómo disminuiría la contaminación? ¡Cuánto más apreciaríamos esa salida especial o el lujo de comer un día fuera de casa! En occidente, el consumismo nos está saliendo caro, no sólo desde un punto de vista económico y ecológico, sino también desde la perspectiva de la salud física y mental.

Nos espera un gran reto: madurar y crecer a nivel individual. Otra imagen que fomenta esta sociedad es la del eterno adolescente: feliz, sin problemas ni responsabilidades, viviendo al día y sumergido en un mundo egocéntrico. Olvidamos que ésta es una etapa de la vida, necesaria pero en la que no podemos quedarnos estancados, porque el adolescente es también irresponsable, aún no tiene un sentido de identidad, y carece de la capacidad de establecer límites en beneficio propio; las hormonas rigen en gran medida su conducta, y no ha tenido tiempo de adquirir sabiduría, compasión ni visión a largo plazo.

Cuando hombres o mujeres de 30, 40 y 50 años siguen comportándose como adolescentes, se niegan a aceptar, por ejemplo, que poner invernaderos es pan para ellos y veneno para sus netos; que pasarse con el alcohol a diario es reventarse el hígado; se niegan a que la vida los enseñe. Existen verdades incómodas, y es mejor no pensar (algo que sí hacen, por suerte, los adolescentes)… A ver qué echan en la tele; tengamos discusiones acaloradas acerca de la superioridad del Barça sobre el Madrid, pero, por Dios, no paremos un momento, porque entonces siento dentro de mí una oscuridad que me traga…

Lo curioso es que ese escapismo se vuelve nuestro peor enemigo, y la imaginación nos juega una mala pasada, haciéndonos creer que la enfermedad, el desamor o el sufrimiento, son en realidad mucho peores de lo que son cuando llegan. Nos aferramos a Hollywood. Los budistas y otras corrientes dicen que el sufrimiento es producto de la ignorancia, de no conocer nuestra propia naturaleza y nos invitan a madurar, a ser adultos, a guardar silencio de vez en cuando para mirar las cosas “tal y como son”. No se trata de buscar el sufrimiento ni el dolor, sino de sentirlo y aceptarlo cuando llegue, para crecer con él y hacernos seres más compasivos y sabios, menos neuróticos y más receptivos a la verdadera felicidad. Tal vez no podamos encontrar el bienestar personal hasta que cada uno de nosotros ponga límites y reglas al niño malcriado que tanto fomenta esta sociedad y que todos llevamos dentro. Madurar es bueno, porque puede ayudarnos a ser seres más justos y felices.


Luisa Fernández (Artículo publicado en The Ecologist, Verano 2009)